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Esa reunión de todos los españoles como ciudadanos libres e iguales es una buena y nítida definición de la Nación. Claro que, a lo mejor, Zapatero, cuando expresaba sus dudas, estaba pensando en esos españoles que están empeñados en no serlo.

Esa reunión de todos los españoles como ciudadanos libres e iguales es una buena y nítida definición de la Nación. Claro que, a lo mejor, Zapatero, cuando expresaba sus dudas, estaba pensando en esos españoles que están empeñados en no serlo.

Nacionalismo « Ese es el núcleo de algunos de los problemas que hoy tiene la vida política española: aquellos españoles que no quieren serlo»

El 17 de noviembre de 2004 el entonces presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, al contestar una pregunta en el Senado dijo una de las frases que van a acompañar siempre la memoria de su paso por La Moncloa. El portavoz del Grupo Popular, Pío García Escudero, le preguntó ese día si consideraba superado el concepto de Nación tal y como lo establece la Constitución. Y el presidente, después de afirmar que desde pequeño le asustan las afirmaciones categóricas, afirmó categóricamente que la Nación es un concepto discutido y discutible.

Esa categórica afirmación, en labios de un profesor o de un tratadista de teoría del Estado, podría aceptarse como la introducción a una lección magistral en la que desarrollara académicamente la historia de las ideas políticas con respecto al concepto de Nación y en la que explicara la evolución de ese concepto, que, por supuesto, no ha permanecido inmóvil a lo largo de los siglos.

Pero en labios del presidente del Gobierno de España aquella afirmación categórica fue, como mínimo, una provocación o, lo que es peor, una muestra de un relativismo impropio del que en ese momento era, precisamente, la cabeza del Poder Ejecutivo de la Nación española.

En sus labios sonó a lo mismo a lo que suena ahora, a que Zapatero no estaba seguro de lo que es la Nación española. Y esa inseguridad y ese relativismo en boca del presidente del Gobierno eran y son de una gravedad extraordinaria.

Porque un investigador académico de la evolución del concepto de Nación a lo largo de la Historia puede señalar que ese concepto no ha sido unívoco. Pero el presidente del Gobierno de España tiene que tener meridianamente claro que precisamente es presidente por obra

Ey gracia de la Constitución española de 1978, donde está definido de manera inequívoca que la Nación española es el sujeto de la soberanía, que reside en el pueblo español.

Y si no lo tiene suficientemente claro puede ir a la Constitución de Cádiz de 1812, que, para que no se despiste nadie y menos el presidente del Gobierno, dice en su primer artículo, con una redacción envidiable e inmejorable, que «la Nación española es la reunión de todos los españoles» y añade «de ambos hemisferios», porque consideraba españoles a todos los habitantes de la América Hispana y de Filipinas.

Esa reunión de todos los españoles como ciudadanos libres e iguales es una buena y nítida definición de la Nación. Claro que, a lo mejor, Zapatero, cuando expresaba sus dudas, estaba pensando en esos españoles que están empeñados en no serlo. Porque ese es el núcleo de algunos de los problemas que hoy tiene la vida política española: aquellos españoles que no quieren serlo.

Destacados representantes de esos españoles que se empeñan en no ser españoles son algunos personajes, más o menos conocidos, que, de vez en cuando, salen en los medios de comunicación despotricando contra España, a la que llenan de los insultos más tremendos que se les ocurren, o diciendo que les da asco ser españoles.

Probablemente no se dan cuenta de que ese no querer ser español es una de las características más españolas que existen y que son como los blasfemos que, con su ira contra Dios, están revelando su fe, por más que sea una fe torturada.

Cánovas, de cuyo patriotismo no cabe la menor duda, llegó a decir aquello de que «español es el que no puede ser otra cosa», como respuesta a los que ya entonces empezaban a expresar dudas acerca de su pertenencia a la Nación más antigua de Occidente y con una de las culturas más brillantes que ha conocido la Historia de la Humanidad.

La frase de Zapatero, una de las primeras que pronunció en su mandato, ha tenido un efecto benéfico y es el de haber despertado en la comunidad académica y en los partidos políticos un apasionado interés por reflexionar sobre esa idea de Nación en la que se fundamenta nuestra convivencia y sobre los orígenes y evolución de esa idea que hoy constituye la base de nuestra Constitución.

Una magnífica muestra de ese interés por conocer mejor esa evolución la tenemos en la «Historia de la nación y de los nacionalismos españoles», que, con una cuidada edición de Galaxia Gutenberg, acaba de aparecer, dirigida por tres prestigiosos profesores, Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas, a los que hay que agradecer su trabajo y felicitarles sinceramente por él.

En más de 1.500 apretadas páginas encierra las colaboraciones de otros 45 especialistas en el tema, lo que convierte a este libro en una obra de consulta imprescindible para todos los que quieran conocer la historia de ese concepto que parece que a algunos les resulta difícil de entender.

Todas estas colaboraciones, que estudian desde los orígenes mitológicos de España hasta la visión de España que tienen los hispanistas de nuestro tiempo, nos ayudan a conocernos mejor como españoles y a comprender que los españoles de hoy no hemos sido los primeros en preguntarnos por la esencia de España, nuestra Patria.

 

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