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“Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección”. (EL DECAMERÓN. PROEMIO)

El escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313 -1375) fue hijo ilegítimo de un rico mercader florentino, Boccaccio da Chellino, que lo acogió en su casa y se ocupó de que recibiera una buena educación. Giovanni pasó su infancia y juventud entre Florencia y Nápoles.  A la muerte de su padre, se estableció definitivamente en Florencia donde vivió la peste que azotó aquella elegante ciudad desde 1348 y hasta 1353.

 Boccaccio compuso el Decamerón en los años de la peste, entre 1349 y 1351. Dedicó su libro a las mujeres, sobre todo a aquellas que sufren en silencio las penas de un gran amor. En la introducción, Boccaccio da cuenta de la llegada de la peste a la ciudad de Florencia y de cómo la muerte, el miedo y la desolación se instaló entre sus gentes: “Nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y haciéndolo cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo.” 

En medio de la desgracia, diez jóvenes (tres hombres y siete mujeres) se reúnen en la iglesia de Santa Isabel María Novella y toman la decisión de retirarse a una villa alejada de la ciudad y escapar así de la tragedia. Llegados al lujoso lugar de su retiro, para huir del recuerdo de los horrores que han dejado atrás, los jóvenes se dedican a relatarse cuentos unos a otros. Permanecen en la villa durante catorce días; cada día se cuentan diez historias, una cada uno de ellos. Como los viernes y los sábados no había relatos, resultan cien los cuentos contenidos en el Decamerón.

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Jon Juaristi abre la tertulia sobre el Decamerón con una cita del historiados y filósofo francés, René Girard (1923-2015), encontrada en el capítulo VII, «La peste en la literatura y el mito», de su libro “Literatura, mímesis y antropología”, publicado en 1974:

En literatura encontramos por doquier el tema de la peste. La hallamos en la poesía épica con Homero, en la tragedia con Edipo Rey, en la historia con Tucídides, en el poema filosófico con Lucrecio. La peste sirve como telón de fondo para los cuentos del Decamerón de Boccaccio; hay fábulas sobre la peste como “Les Animaux malades de la peste” de La Fontaine; hay novelas como “I promessi Sposi” de Manzoni y “La peste” de Camus. El tema se extiende por toda la gama de géneros literarios y hasta no literarios (…) El tema de la peste es anterior a la literatura…mucho más antiguo, en realidad, puesto que está presente en el mito y los ritos de todo el mundo.”

“Sería exagerado afirmar que las descripciones de la peste son todas iguales pero las similitudes pueden ser más intrigantes que las variaciones individuales. Lo curioso de estas similitudes está en que ellas, en última instancia, comprenden el concepto mismo de lo similar. La peste está presentada universalmente como un proceso de indiferenciación, de destrucción de caracteres específicos.”

Horacio Silvestre explica cómo se dan esas similitudes, a las que hace referencia Girard, entre la obra de Boccaccio y las de otros autores de la Antigüedad, como son Tucídides (430 a 396 a.C.) que, en su “Historia de la guerra del Peloponeso”, escribe sobre la peste que en el siglo V a. C. asoló Atenas, y Lucrecio (99 a 45 a.C.) que, en el poema “De Rerum Natura” (“De la naturaleza de las cosas”), trata la misma plaga de Atenas.

Juaristi señala el “Diario de un año de peste, de Daniel Defoe (1660-1721), sobre la peste de Londres de 1664, como el libro que marca el inicio de la literatura moderna.

En la tertulia se habla sobre el concepto de “similitud” que introduce Girard, que, como él mismo dice, va más allá del parecido que se puede encontrar en las descripciones que unos autores y otros hacen de las epidemias y de sus consecuencias. La tragedia que desata una epidemia provoca la desaparición de las individualidades. Todos los que la sufren atraviesan por la misma experiencia, viven el mismo horror, se encuentran atrapados en el mismo barco, sean de la clase social que sean. En palabras del filósofo francés, “la peste está presentada universalmente como un proceso de indiferenciación, de destrucción de caracteres específicos”.

Como describe Boccaccio, cuando la muerte se adueña de la ciudad y el miedo se apodera de la gente, unos tratan de alejarse y abandonan posesiones y familia, otros se recluyen en sus casas alejándose de cualquier enfermo que les pueda contagiar, mientras que otros, desafían a la enfermedad saliendo a las calles, acudiendo a las tabernas donde buscan el placer de la comida, de la bebida “y de otros libertinajes”. Pero, atenazados por el miedo, nadie se comporta como tenía por costumbre hacer.

Las leyes no se cumplen, cada cual hace lo que quiere y por toda la ciudad reina la anarquía. Al final se produce una destrucción de la sociedad, probablemente consecuencia, señala Miriam Tey, de la destrucción del individuo.

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