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En el verano de 1914, ningún político creía que algo así fuese posible. Algunas guerras entonces recientes en los Balcanes y en las que se disputaban los despojos del decadente Imperio Otomano hacían verosímil un conflicto en torno a Serbia, pero todos pensaban que no duraría mucho. Las grandes potencias europeas establecían alianzas que cambiaban continuamente, tratando de adaptarlas a sus necesidades individuales.

En el verano de 1914, ningún político creía que algo así fuese posible. Algunas guerras entonces recientes en los Balcanes y en las que se disputaban los despojos del decadente Imperio Otomano hacían verosímil un conflicto en torno a Serbia, pero todos pensaban que no duraría mucho. Las grandes potencias europeas establecían alianzas que cambiaban continuamente, tratando de adaptarlas a sus necesidades individuales. Francia quería asegurarse de que su vecino alemán no llegaba a ser demasiado poderoso, por lo cual consideraba favorable una alianza con Rusia; Rusia deseaba acceder al Bósforo y los Dardanelos al tiempo que establecer su supremacía sobre el mundo ortodoxo; Inglaterra no sentía verdadero interés por ningún conflicto, pero estaba menos interesada todavía en que se produjese uno sin su participación; Alemania intentaba convertirse en una potencia naval, lo cual no era del agrado de Gran Bretaña.


Pero ¿qué sucedía en Austrohungría? El «compromiso» con la parte húngara del Imperio había dejado en cierto modo en desventaja a la población eslava, que trataba de obtener derechos similares a los de la alemana o la húngara. Los checos y los eslovacos, los croatas y los polacos, así como muchos otros, sabían que el Príncipe Heredero, el archiduque Francisco Fernando, entendía sus deseos, y que había dado señales de que, cuando estuviese en el poder, les ayudaría. Serbia, en cambio, le percibía como una enorme amenaza, ya que podía debilitar su reivindicación del liderazgo del mundo eslavo en el sudeste y el centro de Europa. Es una triste ironía de la historia que Francisco Fernando muriese a manos serbias por luchar por conseguir más derechos para los eslavos.


La pregunta que nos hacemos desde entonces es quién fue el culpable de la Gran Guerra. Se puso muy de moda apuntar a Alemania o a Serbia, pero ya ningún historiador serio mantiene ese argumento. El ensayo histórico más importante sobre la Primera Guerra Mundial, «Sonámbulos» (Galaxia Gutember/Círculo de Lectores, 2014), de Christopher Clark, señala acertadamente que todos los políticos y dirigentes de la época eran capaces de ver y admitir la posibilidad de una breve y limitada guerra regional, pero ninguno tuvo la imaginación necesaria para atisbar la posibilidad de un conflicto bélico a escala prácticamente mundial que causaría decenas de millones de víctimas y rediseñaría definitivamente el mapa geográfico y político de Europa.


Si pensamos en quién tuvo la culpa, sin duda podemos señalar al nacionalismo. Fue el reforzado sentimiento de seguridad en sí mismas de determinadas naciones lo que las llevó a agredir a sus vecinos. Hay que dejar bien claro que esta actitud nada tenía que ver con el patriotismo. Ser patriota significa amar al país de uno y, por lo tanto, tratar respetuosamente a los vecinos. Ser nacionalista significa dejarse llevar por un sentimiento de superioridad y, en consecuencia, tratar de extender el control a los vecinos «inferiores». Podemos observar cómo esta tendencia se inicia ya en la Revolución Francesa, por ejemplo, con las masacres de la población de Vandea, y llega hasta la Primera y, especialmente, la Segunda Guerra Mundial, con sus atrocidades en nombre del nacionalismo. Incluso en las últimas elecciones al Parlamento Europeo comprobamos que han vuelto a ganar fuerza algunos movimientos nacionalistas.


Un hecho curioso es que hoy en día probablemente sigamos sufriendo más las consecuencias de la Primera Guerra Mundial que de la Segunda. En particular, el desmembramiento del Imperio Otomano tuvo como consecuencia la aparición de un buen número de estados artificiales con todos sus desastrosos efectos colaterales. La radicalización del mundo islámico, las guerras de Irak y la actual guerra de Siria en parte tienen su origen en el Tratado de Sèvres.


El reflexionar sobre el comienzo de la Primera Guerra Mundial también ha llevado a juzgar más críticamente la primera mitad del siglo XX. En muchos casos, la distinción entre los dos conflictos mundiales se está haciendo más vaga, de manera que el segundo se considera consecuencia lógica del primero. El papel destructivo del nacionalismo vuelve a quedar patente.


No obstante, ¿qué conclusiones positivas podemos extraer? Las dos guerras mundiales tuvieron como consecuencia la creación de la Unión Europea, y con ella, del proyecto de paz más extenso jamás alcanzado en el continente europeo. Sus problemas actuales nos hacen olvidar con demasiada facilidad que, en un primer momento, la Unión fue creada para acercar a los archienemigos europeos, es decir, Francia y Alemania, de manera que nunca más se diese la posibilidad de un conflicto bélico similar a las dos guerras mundiales. Y en este aspecto, la Unión Europea ha constituido un éxito formidable. La paz y la libertad son valores que podemos, y nunca deberíamos, dar por supuestos. Figuran entre los más altos logros de la civilización que están continuamente amenazados y que hay que ganarse y merecer día tras día. Esta es la lección más importante que podemos aprender de una conmemoración como la de hoy.

 

 

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