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La aparente contradicción del título de este artículo constituye, sin embargo, uno de los rasgos definitorios de la actual amenaza yihadista. Para las agencias de seguridad resulta imposible determinar en qué momento y cómo va a actuar el terrorista. Existen escenarios y modus operandi más o menos probables, diversidad de repertorios de acción posibles para el fanático que posea la voluntad de cometer acciones terroristas imposibles de prever y neutralizar en su totalidad. Incertidumbres entremezcladas con una certeza: la firme voluntad de recurrir a cualquier recurso que permita elevar la letalidad e indiscriminación del atentado y el deseo de ascender un escalón más en la brutalidad de otros terroristas que compiten por la espectacularidad de la violencia. Como consecuencia de esa lógica fortalecida por la subcultura de la violencia que ofrece el islamismo radical, el terrorista emula acciones precedentes introduciendo innovaciones para adaptar su voluntad asesina a los recursos disponibles. Organizaciones terroristas como Al Qaeda y el Estado Islámico han teorizado y propugnado atropellos masivos similares al que acabamos de presenciar en Niza, modalidad a la que, con variaciones, ya se recurrió en distintos contextos como la propia Francia, Canadá e Israel.

Esa previsibilidad dentro de su imprevisibilidad es la que acrecienta la complejidad de la respuesta frente a este tipo de terrorismo. Obliga por ello a los servicios de inteligencia y a las fuerzas y cuerpos de seguridad a mantener una alerta constante, así como una capacidad de flexibilidad y adaptación a los sorprendentes escenarios. Las experiencias terroristas previas sugieren tendencias, pero también evidencian que los protocolos de respuesta exigen una brillante capacidad de adaptabilidad y que, sin duda, no hay una «bala mágica» que permita erradicar por completo la amenaza. Lo evidencia el último atentado, pero también los que le precedieron, como explicaba al autor de este artículo un mando de un servicio extranjero que participó en la operación contra Amedy Coulibaly, el terrorista que se atrincheró en el supermercado judío tras la matanza de Charlie Hebdo en 2015. En cuestión de segundos se tomó la decisión de provocar al terrorista increpándole su falta de valentía. Él, que deseaba ser visto y recordado como un valeroso combatiente «muyahidín» no tenía agallas suficientes para enfrentarse a la Policía. El narcisismo del terrorista reaccionó ante esas afrentas y giró su arma que apuntaba a los rehenes en décimas de segundo, aprovechadas por la policía para encarar y tirotear al asesino.

La arriesgada decisión tuvo éxito en esa ocasión y los terribles daños -cuatro rehenes habían sido asesinados ya- se minimizaron, pues muchos más podían haber muerto. El asesinato del soldado Lee Rigby, a plena luz del día en 2013, influyó en aquella decisión relámpago. Los dos terroristas que degollaron a su víctima en las calles de Londres no atacaron a los viandantes, sino que aguardaron a que la Policía llegara para enfrentarse a los oficiales. Deseaban morir como «mártires», pero la Policía logró abatirles sin matarles.

Ante un reto de tan peculiares características, no sólo resulta vital la actuación policial. Fundamental es también la respuesta política y social. En un reciente análisis sobre los atentados en Francia durante 2015, el académico Christian Lequesne considera que varias han sido las consecuencias de aquéllos. Por un lado ha aumentado la percepción entre la población de que el país se enfrenta a una nueva forma de campaña terrorista directamente relacionada con la situación bélica en Siria e Irak. Las dimensiones endógenas y exógenas del terrorismo se confunden y complementan, pues la violencia perpetrada en territorio nacional se inspira en un conflicto lejano convertido en cercano. Además, el enemigo no es sólo exterior, sino también interior, pues entre los terroristas también se cuentan nacionales franceses. Esta doble dimensión ha reforzado la creencia de que es necesario actuar tanto dentro, de ahí la permanencia del «estado de emergencia», como fuera, donde se asume que es esencial la estrecha colaboración con otra potencia como Estados Unidos.

En paralelo parece que también en Francia se consolida la falta de credibilidad de una Unión Europea a la que se percibe como ineficaz en su respuesta ante el yihadismo, ya que su estrategia contra el terrorismo adolece de serios déficits. Como el propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que reconocía, tras los atentados de Bélgica en marzo de este año, el compromiso de actuar con contundencia contra el terrorismo que los mandatarios repiten, algo que genera desconfianza dado que muy a menudo no va seguido de acciones a la altura del desafío planteado. A pesar de la existencia de un amplio marco normativo aportado por la UE, como el mismo Juncker ha reconocido, no hay una «Unión» como tal en el ámbito de la seguridad. De esa forma, pese a la aparente unidad en el discurso que invoca a la estrategia conjunta de lucha contra el terrorismo de la UE, los Estados miembros actúan con frecuencia eludiendo respuestas colectivas y coordinadas. Esta realidad expone el error de convertir a los servicios de inteligencia en chivos expiatorios cuando el terrorismo golpea, denunciándose una falta de intercambio de información que resulta lógica. La inteligencia es un bien preciado que las agencias de seguridad sólo comparten en condiciones excepcionales que requieren estructuras adecuadas.

Las diferentes percepciones entre los Estados miembros sobre la naturaleza de la amenaza y de las medidas que requiere afloran al producirse atentados como este último. Existen diferentes opiniones sobre la relevancia que una ideología como el islamismo radical posee en los procesos de radicalización. La superficialidad de los conocimientos teológicos y la limitada práctica religiosa de algunos radicales es utilizada para negar la evidente importancia de la religión. Se ignora así la islamización del fanatismo y del radicalismo que induce a asesinar a sangre fría a seres humanos y que se desarrolla mediante una determinada interpretación del Islam. Una ideología, el islamismo radical, que aporta sentido a identidades individuales fracasadas con el refuerzo de otras colectivas que les dotan de alguna lógica. Una ideología que le reporta al asesino un proyecto vital o expectativas que lo mejoren, una respetabilidad en la comunidad radical, así como un marco justificativo para las conductas criminales. Por ello, el islamismo radical en el que se sustenta el terrorismo yihadista es de enorme utilidad y tan atractivo para perfiles delincuenciales como el del autor de la matanza de Niza.

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