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Fundación Villacisneros

27 junio 2016

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Creo que no hay ni podrá haber política y profesiones honestas sin personas honestas que las ejerzan. La democracia solo es sostenible si la cultura que la alienta fomenta personas veraces, justas, solidarias, abiertas, participativas, y con sentido del bien común. Son precisos buenos cultivos pre-políticos de virtudes personales y cívicas para nutrir una democracia que sea digna.

 

Hace unos meses tuve la suerte de asistir a la representación de Sócrates: juicio y muerte de un ciudadano, de Mario Gas y Alberto Iglesias, con José María Pou en el papel protagonista. La obra cuenta cómo en el 399 a.C. un jurado popular de Atenas condenó a muerte al filósofo a partir de acusaciones falsas y argumentaciones falaces. Da gusto ver la rebosante actualidad que tiene el tratar sobre las fatales consecuencias de la colisión entre el poder y la conciencia, entre el poder y la pasión por la verdad, con su séquito de coherencia, honestidad y justicia.

 

El hijo de la partera Fainarate podía sentirse libre estando encarcelado, pero no podía concebir la libertad sin la verdad. Hoy como ayer, ese vínculo entre verdad y libertad lo destruyen los sectarismos y fanatismos, sean ideológicos, políticos o religiosos, y deriva en la coacción y el rechazo del diferente; en casos extremos como el yihadismo se vuelve arma mortífera. Pero también lo rompe todo tipo de emotivismo moral individualista y relativista, donde uno crea los valores y la verdad pasa a ser lo a cada cual le parece preferible. Para mí, la ruptura de ese vínculo «libertad-verdad» se encuentra entre las fuentes de las tensiones que recorren la crisis moral y espiritual de Europa, cuyas consecuencias son perceptibles a distintos niveles, por ejemplo, en la tremenda e inexplicable incapacidad para afrontar el drama humano de los refugiados o en el auge de los populismos que tan hábilmente aprovechan angustias y miedos de la gente.

 

No descubro nada nuevo si digo que hoy es casi tabú hablar de la verdad. Molesta mucho en la contienda política o en la elaboración de las leyes. ¡Pobre el que se refiera a ella como fundamento último de la vida moral o quien ose decir «la verdad os hará libres»! Pilato y su pregunta «¿qué es la verdad?» lanzada contra Jesús en el Pretorio, es el prototipo del pragmatismo superficial y escéptico de todas las épocas. Él no ha sido el único que ha dejado al margen esta cuestión como inconveniente para sus ambiciones de poder, pero sí se ha convertido en paradigma.

 

Efectivamente, nos damos cuenta de que en la praxis política un «procedimiento argumental sensible a la verdad» (Habermas) es harto difícil porque, entre otras razones, los representantes son preferentemente los partidos (y otros entes análogos), y estos son «partidistas», con aspiraciones de conseguir mayorías para alcanzar poder, para lo cual normalmente deben satisfacer intereses particulares. (La condena a muerte de Sócrates deja bien claro que no sirve la regla de la mayoría para decidir sobre la verdad). La sensibilidad hacia la verdad cae derrotada ante los intereses de parte, que no dejan de ser tales aunque se disfracen de intereses del conjunto de la sociedad (como inteligentemente hace el populismo) o, aunque a partir de las encuestas de opinión, se declaren qué elementos son aceptados por la cultura pública general. Sabemos por dolorosa experiencia cuán complicado es, en la maraña de intereses particulares y de cómo se sitúan los actores políticos ante ellos, encontrar o reencontrar acuerdos para evitar derivas injustas de algunas leyes y políticas. La evolución de la ley del aborto en España es un triste ejemplo de ello.

 

También cae derrotada la sensibilidad por buscar la verdad cuando se da por correcto lo que Fedro le dijo a Sócrates sobre la bondad de un discurso: «No es necesario conocer lo que es realmente justo, sino aquello que le parece a la multitud que es quien va juzgar; ni es necesario conocer lo que es realmente bueno o malo, sino lo que lo parece». Se da por sentado así que el valor de un buen discurso reside en su eficacia persuasiva, y para ello lo que vale es lo que parece verdadero (la imagen) y no lo que realmente lo sea. Por eso no importa engañar (hacer parecer justo lo injusto o bueno lo malo), con tal de que el discurso resulte persuasivo y convincente. Renunciar a la posibilidad de conocer la verdad lleva a un uso puramente formalista de las palabras y los conceptos, y desemboca en una pavorosa superficialidad de juicios y etiquetas, dando rienda suelta al poder para dominarlo todo y sentirse por encima de la verdad y la justicia.

 

Lo cierto es que no hay gran diferencia entre lo que Fedro le respondió a Sócrates y lo que casi veinte siglos más tarde planteó Maquiavelo, poniendo en la imagen y la apariencia de las palabras y obras del príncipe la clave de un correcto manejo de la política y el poder. O entre lo que escribió Maquiavelo y muchas cosas que lamentablemente están pasando ahora y que contemplamos atónitos en tantos casos de corrupción y falta de honestidad y veracidad de muchos, a todos los niveles de la vida personal y social. Ahí entran también algunos de los tacticismos políticos y la teatralidad estratégicamente planeada de la autoproclamada «nueva política», a la que parece importar más la imagen proyectada que el servicio al bien común. Sobrecoge ver, por ejemplo, cómo algunos niegan las evidencias del desastre social y la falta de libertad en Venezuela.

 

Si la verdad no cuenta nada, no hay verdadera libertad y tampoco es posible la justicia. Sin criterios comunes más allá de las opiniones cambiantes y de las concentraciones de poder, ¿qué justicia puede haber? No ha sido posible la justicia ni en las grandes dictaduras que se han sostenido en la mentira ideológica ni en las sociedades donde el relativismo se ha adueñado de la situación. Si renunciamos a la verdad en la vida personal y social, solo nos queda pragmatismo y triunfo de los fuertes.

 

Creo que no hay ni podrá haber política y profesiones honestas sin personas honestas que las ejerzan. La democracia solo es sostenible si la cultura que la alienta fomenta personas veraces, justas, solidarias, abiertas, participativas, y con sentido del bien común. Son precisos buenos cultivos pre-políticos de virtudes personales y cívicas para nutrir una democracia que sea digna. Y el desarrollo de esas virtudes necesita de una labor profunda de formación en las familias y los centros educativos (desde la infancia hasta la educación superior), colaboración de los medios de comunicación y un papel mucho más proactivo de asociaciones y colectivos ciudadanos, así como del mundo de la cultura y, cómo no, de las religiones.

 

Ante la arbitrariedad del poder, Sócrates es un gran testigo de la capacidad concedida a los seres humanos de percibir y seguir la voz de la verdad y sus exigencias –la conciencia– aunque se deriven de ello penosas consecuencias. La conciencia que puede ser juicio práctico porque es «memoria original del bien y la verdad». De Sócrates aprendemos que la verdad y el bien se van alcanzando a través de la razón y la palabra (dia-logos) en deliberación, discernimiento y búsqueda continua. Quien quiera recorrer ese camino tiene en el filósofo ateniense un excelente pedagogo.

 

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