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Ojalá no hubiese terrorismo ni guerras, pero un mundo en paz es un ideal que la Humanidad demuestra inalcanzable por naturaleza. Y si no fuese por los militares y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en España imperarían el caos, el terrorismo y la muerte. El militar garantiza la paz, origen de la libertad, justicia y derechos de nuestra sociedad.

«Vencerá el amor a la patria, y un ansia de amor sin medida. Esta es mi Patria. Pues ya mi padre me dejó estos arcanos del destino». (Virgilio)

Ojalá no hubiese terrorismo ni guerras, pero un mundo en paz es un ideal que la Humanidad demuestra inalcanzable por naturaleza. Y si no fuese por los militares y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en España imperarían el caos, el terrorismo y la muerte. El militar garantiza la paz, origen de la libertad, justicia y derechos de nuestra sociedad. Dentro y fuera de nuestras fronteras, cada soldado se entrega a la defensa de la seguridad del pueblo español, de sus hogares, soberanía, instituciones y ciudadanos. Donación que trasciende lo terreno adentrándose en lo espiritual, porque solo por la virtud en las potencias del alma (memoria, entendimiento, voluntad) el soldado persevera en el cumplimiento del deber hasta en las condiciones más difíciles. Labor esforzada y humilde que requiere los mejores valores para colmar el juramento a nuestra Bandera. Porque, en Tierra, Armada y Aire, como en la Guardia Civil, cada militar se consagra al servicio de España no como una profesión, sino como una vocación: dar la vida por la Patria.

Nuestra sociedad tiene la obligación moral de sentirse orgullosa de sus Fuerzas Armadas. Su formación, su adiestramiento y su capacitación son un modelo de operatividad y respuesta, y las misiones en las que participamos prueban su eficaz actuación por el óptimo cumplimiento de los objetivos designados, humanitarios o bélicos, con la OTAN o la ONU, por tierra, mar y aire, en España y en los cinco continentes. Para ello los alumnos de nuestros Ejércitos compaginan sus estudios, según los planes de Bolonia, de las carreras de Ingeniería y Militar, y se forjan en la disciplina y la generosidad personal y de los compañeros para ser útiles en sus destinos en territorio nacional o extranjero. Y, a su vez, los ya militares profesionales nunca cesan de perfeccionar sus especialidades con cursos, exámenes, pruebas físicas, investigación y ejercicios tácticos.

Pero ser militar no es solo una carrera universitaria. Es mucho más, porque exige el sacrificio personal y colectivo para perfeccionar las pasiones y ser operativos hasta en condiciones extremas, allende cualquier condicionamiento social, familiar o de carácter. El soldado asume que si es necesario matará o morirá en la misión encomendada, y de este conocimiento nace su sabiduría existencial en la guerra y en la paz. Sabiduría por la lealtad, generosidad, alegría, perseverancia, obediencia, humildad y valentía de los militares fundida con el cultivo, a veces áspero y siempre duro, de los talentos no en beneficio propio sino de todos, a la vez que el cuidado de la conducta ética en zona de combate o en tiempo de paz. Porque el soldado puede llegar a tener que elegir entre desactivar una mina, abatir un objetivo, evitar daños colaterales a civiles, disparar, vencer o ser derrotado, vivir o morir. Y no actúa solo, sino en grupo, protegiéndose y avanzando coordinados a las órdenes del mando hasta lograr el objetivo y cumplir la misión, si fuese menester hasta derramar su sangre. La muerte es especial compañera del soldado y, como el bien más preciado del hombre es la vida, en el militar no caben como reglas de juego la envidia, el «trepismo», el «carrierismo», la mediocridad, el egoísmo, la cobardía o la mentira. Al contrario, nuestras ordenanzas, costumbres y códigos de conducta ética hacen que desde las Academias y Escuelas el soldado se perfeccione en la virtud, con el ejemplo de quienes antes sirvieron con honor a España en cualquier época y lugar. Y actualiza los versos de la «Comedia famosa. Para vencer a amor, querer vencerle», de Calderón de la Barca, porque «la cortesía, el buen trato, la verdad, la firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida son caudal de pobres soldados; que en buena o mala fortuna la milicia no es más que una religión de hombres honrados».

Religión de hombres honrados que en la antigüedad el legionario y poeta Virgilio resumió en la virtud – virtus latina– de los tres amores del militar encarnado en Eneas, el protagonista de la Eneida: amor a la Familia, amor a la Patria, amor a Dios. Tres amores que, dos mil años después del mejor ejército de la Historia, palpitan en el corazón del soldado español como razón de ser. Herederos de los Tercios, nuestros militares honran a España, y colman las palabras del sacerdote y soldado Calderón de la Barca: «Este ejército que ves vago al yelo y al calor, la república mejor y más política es del mundo, en que nadie espere que ser preferido pueda por la nobleza que hereda, sino por la que él adquiere; porque aquí a la sangre excede el lugar que uno se hace y sin mirar cómo nace se mira como procede». Para nuestra sociedad, ser agradecida a nuestras Fuerzas Armadas es una obligación. Y para nosotros, ser militar, un orgullo.

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