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Fundación Villacisneros

10 febrero 2014

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El lendakari lleva a proetarras a las aulas para adoctrinar a los niños en el «conflicto» del «Basque country»; pero la historia habla de otros vascos, héroes de verdad.

El lendakari lleva a proetarras a las aulas para adoctrinar a los niños en el «conflicto» del «Basque country»; pero la historia habla de otros vascos, héroes de verdad

«Si Dios fuese servido que esta ocasión la perdamos, ¡marineros!, (…) por el crédito de nuestro Rey y la reputación de nuestra nación: ¡Santiago y a ellos!». Eran los últimos días de 1639 y así remató Antonio de Oquendo y Zandategui la arenga a sus tropas en vísperas de la batalla de la Dunas « contra el inglés », que acabaría en victoria, como todas y cada una del centenar que libró en su dilatada hoja de servicios. Consejero de Guerra de Felipe IV, este vasco nacido en San Sebastián había comenzado décadas antes a partirse la cara por España, sirviendo a Felipe III. Igual que hiciera su padre, Miguel de Oquendo, también donostiarra, que años antes fue general de Marina de Felipe II y mano derecha del marqués de Santa Cruz en la gloria de la isla Terceira y otras guerras hasta que fue visitado por la muerte en la degollina de la Armada Invencible.

Vascos de pura cepa, estos Oquendo cimentaron una tradición que marca que, históricamente, vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses se han dejado la piel por España. Busquen un rey, ya sea Austria o Borbón, y a su lado verán a un vascongado siendo distinguido con una honra tras una defensa cerrada o un bien logrado para la «patria española». El bilbaíno Juan Martínez de Recalde, por ejemplo, sirvió a Carlos V en Flandes, como soldado, como alférez, como capitán, de lo que hiciera falta, hasta convertirse en segundo de Don Álvaro del Bazán.

El epítome de todos ellos fue Blas de Lezo y Olavarrieta, que a los veinticinco años ya había perdido un ojo, un brazo y una pierna dando y recibiendo mandobles por España. «Medio hombre» le llamaban de tanta lisiadura sufrida por la patria. Nacido en la villa guipuzcoana de Pasajes, De Lezo representa como nadie la entrega heroica a la nación.

Más y más nombres. Allá por donde se abra el libro de historia aparece uno. Miguel López de Legazpi, venido al mundo en Zumárraga (Guipúzcoa) y conquistador de Filipinas, donde hallara sepultura para mayor gloria del imperio español que desde El Escorial dirigía Felipe II. Andrés de Urdaneta y Ceraín, natural de Ordicia, cosmógrafo y explorador, descubridor de la ruta marítima más segura para atravesar el Pacífico… O Miguel Ricardo de Álava y Esquivel, de Vitoria, héroe de la Guerra de Independencia, embajador de España, presidente de las Cortes y del Consejo de Ministros y uno de los principales colaboradores de Fernando VII. Son centenares. Hace tiempo que el nacionalismo trata de reescribir la historia y merendarse lo que de verdad ha pasado aquí desde hace cinco siglos. Es probable que ese aluvión de adhesión a España, y de entrega a sus reyes, demostrado por algunos de los más ilustres vascos llegue, si es que llega, desfigurado a los chiquillos de las ikastolas. Ahora, Iñigo Urkullu, manda a « hombretones » proetarras a esas aulas a rematar con una mano de pintura roja la crónica del « conflicto » en el « Basque country », como pone en los anuncios del Metro de Madrid. Se trata de hacer indeleble el chafarrinón histórico en el que han sido educadas varias generaciones de vasquitos al grito de « ¡ Sabino y a ellos! » .

 

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