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El 23 de enero de 1995 quedó grabado a fuego en la memoria de María San Gil, vicepresidenta de la Fundación Villacisneros. Aquel día, la banda terrorista ETA asesinó a su lado a Gregorio Ordóñez, teniente alcalde del Ayuntamiento de San Sebastián. Comían juntos en un restaurante con compañeros del Ayuntamiento cuando un terrorista le pegó un tiro en la nuca al entonces teniente de alcalde y presidente del PP en Guipúzcoa. La búsqueda de justicia y libertad llevó a San Gil a situarse en primera línea política del País Vasco durante los años más duros de la lucha contra la banda armada compaginando su trabajo con el cuidado de sus hijos. San Gil continúa hoy en día defendiendo la memoria de las víctimas de ETA. Como ella dice, “el dolor permanece, pero la historia no debe olvidarse”.

“Nadie está preparado para ver matar a una persona”

El día que María San Gil podía llevar a sus hijos a la parada del autobús del colegio sentía que aquello era un “regalazo”. Los primeros diez años de sus hijos los vivió rodeada de escoltas y cambiando de rutinas cada día para no sufrir un atentado de ETA. “Era un riesgo hacer actividades cotidianas con mi familia, hasta el punto de que les contaba los cuentos por teléfono a mis hijos”. Lejos de amilanarla, la dureza de la situación le hizo crecerse y trabajar más por el bienestar de la sociedad vasca con el terrible recuerdo del asesinato de Gregorio Ordóñez compartiendo con ella mesa y mantel. “Nadie está preparado para ver matar a nadie, pero no podíamos replegarnos en casa porque entonces ETA ganaba doblemente”.

Cuatro meses después del asesinato de Ordóñez, el PP se convirtió en el partido más votado en las elecciones municipales en San Sebastián y el ayuntamiento le concedió a la víctima la Medalla de Oro a título póstumo como símbolo de la lucha contra el fanatismo terrorista y la radicalización violenta en el País Vasco.

San Gil echa ahora la vista atrás con orgullo por el trabajo realizado en la época más oscura de su tierra. No ha olvidado nada. Ni el 23 de enero del 95 ni a las víctimas de otros atentados, pero admite que la inquina y el resquemor no conducen a ningún sitio.

“El dolor es algo personal e intransferible, pero la memoria es colectiva. Tenemos la obligación moral de recordar a las víctimas de ETA”. Además, en ese difícil equilibrio entre el dolor y la memoria deja un hueco al perdón. El perdón también ayuda a los que han sufrido. No hay que perder la memoria. El dolor se va atemperando con el tiempo”.

Para nuestra vicepresidenta de la Fundación Villacisneros, el colegio es fundamental para enseñar la historia más reciente del País Vasco a las nuevas generaciones con un “correcto” relato de los hechos que distinga entre víctimas y verdugos. Por eso, apuesta por llevar a las aulas a testigos directos que cuenten sus experiencias a los alumnos.

“Es fundamental la tarea de la comunidad educativa para contarles la verdad a los más jóvenes. Hoy en día algunos quieren imponernos un relato falso y equívoco sin malos ni buenos, aunque estoy convencida de que al final triunfará la verdad. Hay que despertar las conciencias y salir a defender aquello en lo que creemos sin ningún tipo de complejo”.

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