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Aquél 19 de junio de 1987, Susana, de trece años, y Sonia, de quince, se fueron con su madre al Corte, a por unas zapatillas de verano y un bañador. Pocas actividades más rutinarias y seguras que unas compras en aquel gran almacén de Barcelona. No volvieron.

Aquél 19 de junio de 1987, Susana, de trece años, y Sonia, de quince, se fueron con su madre al Corte, a por unas zapatillas de verano y un bañador. Pocas actividades más rutinarias y seguras que unas compras en aquel gran almacén de Barcelona. No volvieron. El padre perdió a toda su familia en un solo minuto. Pero lo recordará cada hora de su vida.

Silvia, de trece años, acudió al Hipercor con su tía Mercedes y su hermano Jordi, de nueve. Los dos niños murieron asfixiados en el coche, dentro del párking, debido a los humos de la bomba. Jordi no tenía muchas ganas de salir, la verdad. Pero al final se animó a ir con su tía y su hermana, a ver si le compraban un bañador. Tía Mercedes, que murió por la onda expansiva de la explosión, fue una acompañante de última hora; se ofreció para sustituir a su hermana, que tenía cita en la peluquería. La intrahistoria de las rutinas de la gente corriente, de todos nosotros.

Susana, Sonia, Silvia y Jordi nunca serán mayores. No degustarán la vida. Jamás conocerán experiencias como abrazar de nuevo a los amigos tras una larga ausencia, o tomarse unos chiquitos en la taberna del pueblo y echar un brindis festivo. El que sí hará todo eso este fin de semana será Santi, que tiene 66 años. Con lo que duramos hoy los occidentales, a Santi aún le resta mucho disfrute por delante. Santi ordenó el atentado de Hipercor, donde murieron cuatro niños, doce mujeres y cinco hombres. Otras 41 personas resultaron heridas, algunas con secuelas de por vida. Al verano siguiente, Santi se dio otro homenaje y encargó la matanza de la plaza de la República Dominicana, en Madrid. Asesinaron a doce jóvenes guardias civiles, que viajaban en autobús. Hubo también 32 heridos. Santi fue condenado a 3.122 años de cárcel en once sentencias. Ha cumplido 28. Muchos. Pero bastante menos que la pena que aplicó sin pestañear a los cuatro niños de Barcelona, a los otros clientes del Hipercor, a los doce chavales de Madrid. Santi ha vuelto. Fiesta en la herrikotaberna.

Muchísimas personas sentimos una aversión visceral ante la pena de muerte. Recuerdo en las navidades de 2006 aquellas imágenes tétricas del ahorcamiento de Sadam Husein. Era un genocida, acreedor de la más dura condena, pero la conciencia rechinaba al ver la ejecución. Algo hay en la violencia fría y reglada del Estado que nos incomoda, amén de los posibles errores en el procedimiento judicial, o la crueldad que supone dejar que en ocasiones pasen décadas entre el crimen y el ajusticiamiento. Arrinconar la pena de muerte es un triunfo de la civilización. Pero entre la pena capital y la fiesta de Santi debe haber un término medio. Es decir: debe hacer justicia. Y aquí es evidente que no la hay.

El paseo que hoy se dará el verdugo de casi cuarenta personas supone una tristísima derrota de España como país. Un formidable fracaso de sus jueces, de sus políticos, y también de su opinión pública, a la que le suponen más agravio las rufianescas andanzas del pequeño Nicolás, o el lamentable permiso de Matas, que una injusticia de tan lacerante calado y trascendencia. Un día triste. Con olor a sangre inocente y a derrota. Y no valen, no, las funcionariales invocaciones a Europa.

 

 

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