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Convertir en enseña cuasioficial la bandera de una ideología particular es algo que hasta ahora solo habíamos visto en los momentos previos a la toma del poder por parte de partidos totalitarios o nacionalistas extremos que preconfiguraban así lo que poco después se consumaría: la conversión de las enseñas partidistas en símbolos oficiales del Estado absorbido ya por el partido.

Cristina Cifuentes aprovechó sus primeras horas como presidenta para engalanar la sede de la presidencia con la bandera arcoíris del colectivo autodenominado LGTBI. Lo mismo hicieron alcaldes varios por toda España. Merece la pena reflexionar sobre estos hechos que pueden parecer meramente festivos y anecdóticos, pero que reflejan algo mucho más preocupante y de largo recorrido: el lento crecimiento del nuevo totalitarismo de género.

Convertir en enseña cuasioficial la bandera de una ideología particular es algo que hasta ahora solo habíamos visto en los momentos previos a la toma del poder por parte de partidos totalitarios o nacionalistas extremos que preconfiguraban así lo que poco después se consumaría: la conversión de las enseñas partidistas en símbolos oficiales del Estado absorbido ya por el partido. Eso sucedió con la hoz y el martillo y con la cruz gamada en determinados países y épocas. ¿Son comparables estos fenómenos históricos con lo que sucede hoy con la bandera arcoíris de los ideólogos de género y sus organizaciones representativas? Con todos los matices que se quiera, la respuesta es positiva: nos amenaza una nueva tentación totalitaria de color arcoíris; y personas como la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid –quizás inconscientemente– han colaborando con ella con gestos como el de la bandera de la ideología de género presidiendo la Puerta del Sol.

Es evidente que en épocas pasadas –y aún hoy en otras latitudes– ha habido una discriminación injusta contra las personas homosexuales y que bajo la bandera arcoíris se ha luchado contra esas ignominias históricas; pero ese hecho no puede hacer olvidar que bajo esa bandera hoy se defiende una ideología muy particular que no tiene ningún derecho a ser impuesta a toda la sociedad desde el poder político. También bajo la hoz y el martillo se defendieron en ocasiones causas justas en el pasado en materia de derechos sociales; pero no por ello los que se visten con esa bandera pueden reclamar que las instituciones oficiales la hagan suya y que todos debamos defender su ideología como si su aportación histórica circunstancial a algo bueno nos obligase a todos a defender su cosmovisión, y a las instituciones democráticas a rendirse ante esa ideología. Igual de ilegítimo y totalitario sería vestir a nuestra democracia con la hoz y el martillo como lo es vestirla con el arcoíris de la ideología de género. Cifuentes y quienes actúan como ella minan nuestro sistema democrático al institucionalizar simbólicamente una ideología que nadie puede obligar a identificar con las instituciones de todos. Más grave aún es esta irresponsabilidad cuando procede de una dirigente de un partido que ha tenido como seña de identidad la oposición a tal ideología.

La ideología de género defiende una determinada visión de la sexualidad y, en consecuencia, una agenda política particular en materia de matrimonio, familia y educación, con opciones de las que es legítimo discrepar, pues en materia de sexualidad hay diversas concepciones en nuestra sociedad amparadas por la libertad ideológica y religiosa constitucionalmente garantizadas. Con la misma legitimidad que las ideas sobre sexualidad que simboliza el arcoíris, existen otras, como, por ejemplo, las de la tradición humanista de la vieja sabiduría sobre el hombre de raíz greco-cristiana. ¿Qué legitimidad tiene un alcalde o presidente de comunidad autónoma para identificar la institución que preside con una ideología particular sobre sexualidad? Ninguna. ¿Qué autoridad tienen para oficializar como bandera institucional la representativa de una particular ideología sobre tema tan susceptible de diversas opiniones como la sexualidad? Ninguna. ¿Cómo se debe calificar la asunción por una institución democrática de los símbolos de una particular ideología partidista? Como síntoma de una deriva totalitaria. Si quien lo hace, además, representa a un partido que no ha incorporado esta ideología a su programa electoral, estaríamos ante un engaño deliberado a los electores.

Más allá de los símbolos, comprobamos que esta amenaza totalitaria es una realidad ya en España: tres comunidades (Galicia, Cataluña y Extremadura) han aprobado leyes que suponen la imposición totalitaria de los postulados ideológicos de género con carácter general a toda la sociedad –con especial intensidad en educación–, como si lo que representa la bandera arcoíris formara parte del consenso constitucional. Cifuentes prevé en su programa electoral aprobar una ley similar en Madrid. En Estados Unidos, varios magistrados del Tribunal Supremo han denunciado esta misma semana en sus votos particulares a la sentencia sobre el llamado «matrimonio homosexual» este peligro: la libertad religiosa y de pensamiento en Estados Unidos estaría en peligro al declarar derecho constitucional la opinión singular en materia de sexualidad y matrimonio de los defensores del matrimonio como mera expresión de afecto interpersonal entre cualesquiera dos personas.

Esta cuestión va a ser esencial en el próximo futuro para la defensa de las libertades en España.

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