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El 25 de agosto de 1978 cambió mi vida bruscamente y para siempre. Mi padre salió de casa para llevar al garaje la furgoneta que usaba para trabajar porque no le gustaba dejarla en la calle. Eran las diez y media de la noche. Cuando volvía, caminado tranquilamente por el Cantón de las Carnicerías del casco viejo vitoriano, fue alcanzado en la cabeza por un disparo procedente de las armas usadas por unos asesinos etarras, cuando disparaban al policía centinela que hacía guardia en la esquina con la calle Correría. El edificio que hoy ocupa la Escuela Pública de Música y el Ambulatorio del Casco Viejo era, en aquella época, un Cuartel de la Policía Nacional. Murió en la madrugada siguiente. Yo tenía 15 años.

Mi padre era gerente de una pequeña empresa familiar de diez trabajadores. Hubo que cerrarla y diez familias alavesas se quedaron en la calle. Este es otro ejemplo de la gran aportación a la economía vasca de la banda asesina ETA.

En septiembre, yo volví al colegio el nuevo curso. Estudiaba en una institución religiosa dedicada a la formación profesional de la capital vitoriana. Recuerdo que en aquellos dolorosos días para mí, no tuve ninguna palabra de apoyo, ningún gesto de humanidad por parte de ningún profesor, director, compañero. Ni siquiera la psicóloga del centro me llamó para preguntarme cómo me sentía. Desde entonces, ese sentimiento de desamparo me ha perseguido durante toda mi vida. Solo silencio. Luego ese silencio lo he vuelto a sentir en muchos de los ámbitos de la sociedad vasca donde he vivido. Amigos, vecinos, compañeros de trabajo, que aunque sabían lo que me había pasado, nunca tuvieron un gesto empático conmigo. Solo silencio. La empatía, que como mucha gente aquí desconoce, es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, del que sufre. Una vez, alguien me dijo, que si mi padre hubiera muerto en un accidente de tráfico o un accidente laboral, hubiera tenido muchas más muestras de empatía a mi alrededor En los peores años del terrorismo etarra, en los primeros años 80, la sociedad parecía aletargada y apática frente a tanto horror. Quiero recordar que en el año 1980 hubo un asesinato, de media, cada tres días. Impresionante. ¿Alguien puede imaginar que eso ocurriera en el año 2016?

Muchos integrantes de esta sociedad vasca de antes y de ahora, pensaban o piensan que a ellos nunca les va a pasar. No les van a matar porque ellos no son policías nacionales, ni policías municipales, ni ertzainas, ni guardias civiles, ni políticos, ni periodistas, ni jueces, ni fiscales, ni profesores de universidad.

Tristemente, el terrorismo yihadista nos ha sacudido de nuestro cómodo letargo. El terrorismo es ciego, es irracional, es monstruoso e indiscriminado. Los últimos atentados ocurridos en Europa, más que nunca, nos demuestran que cualquiera podemos ser víctimas. Podemos morir cuando vamos de viaje, cuando vamos a trabajar, cuando un hijo va a estudiar a una universidad extranjera. Tenemos que ser beligerantes con cualquier tipo de terrorismo en cualquier tiempo y en cualquier lugar.

El pasado julio se puso en contacto conmigo el alcalde de Vitoria, señor Urtaran para comentarme que se estaban realizando unos homenajes en los diferentes municipios vascos a víctimas, según un proyecto de ‘Retratos Municipales de las vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco. 1960-2010’ realizado por el Gobierno Vasco, que no deja de ser un aséptico inventario de víctimas fuera del contexto histórico en el que se produjeron . Primero, alguien me puede explicar qué es ‘el caso vasco’. Segundo, qué pasa con las personas asesinadas por ETA en los demás municipios de toda España. ¿No son dignos, a los ojos del Gobierno Vasco, de ningún homenaje? Tercero, por qué en el caso de mi padre ese informe trató en un primer momento de tergiversar la verdad incluyéndolo en el apartado de ‘Vulneraciones del derecho a la vida de autoría confusa y otros’. En el apartado procedimiento se decía: ‘Intercambio de disparos cruzado entre supuestos miembros de ETA y policías de guardia en las garitas del cuartel de la Policía’. En el apartado más datos se decía: «La versión policial atribuye a ETA los disparos que terminaron con la vida de José García, y así consta en la mayoría de los listados. ETA aseguró en un comunicado, con croquis incluido, que la bala no había salido de sus militantes». O sea, que se da pábulo a unos terroristas que lo único que querían, en aquel momento era limpiar su pobre imagen de haber matado a un transeúnte, persona muy conocida en Vitoria, en aquella época. Para mayor abundamiento, un terrorista etarra fue condenado en firme por este asesinato. Pequeño detalle que se pasó por alto en la profunda investigación que han llevado a cabo en la ‘Secretaria General para la Paz y la Convivencia del Gobierno Vasco’. Curioso nombre. Se busca la paz donde nunca hubo guerra y se apela a la convivencia cuando solo unos pocos asesinos y sus acólitos la rompieron.

Pues no, señor Urtaran, el homenaje llega tarde. Exactamente 38 años tarde. Mi madre y mi hermano han muerto. No necesitamos homenajes para limpiar algunas conciencias de políticos no muy tranquilas, casualmente en año electoral. Lo que se necesita es que esta sociedad, en muchos momentos aletargada y apática, empatice más con las víctimas del terrorismo y se busque la verdad de los hechos, sin intentar reescribir la historia.

*Hijo de José García Gastiaín, asesinado por ETA el 25-08-78.

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