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Fundación Villacisneros

24 septiembre 2015

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No ha lugar al triunfalismo. Si algo hemos aprendido los españoles en más de cuatro décadas de terrorismo es la conveniencia de ser más cautelosos que optimistas. Tantos años acostumbrados a las malas noticias nos han vuelto prudentes respecto a las buenas: ir ganando no es ganar ni desactivar significa extinguir.

No ha lugar al triunfalismo. Si algo hemos aprendido los españoles en más de cuatro décadas de terrorismo es la conveniencia de ser más cautelosos que optimistas. Tantos años acostumbrados a las malas noticias nos han vuelto prudentes respecto a las buenas: ir ganando no es ganar ni desactivar significa extinguir. La lucha contra ETA acabará probablemente sin un punto final, como un maldito libro interrumpido; uno de los grandes errores del «proceso de paz» zapaterista fue el de la prisa por escribir un epílogo. En todo caso, el fin de la violencia y la desarticulación de la banda son sólo tomos de una obra inacabada y abierta que sólo se podrá concluir cuando prevalezca sin sesgos el relato histórico de la dignidad, la consumación de una victoria sin matices ni equilibrios.

Puede que ayer cayera la última cúpula etarra, el leve andamio que aún sostenía su testimonial amenaza armada. Pero todavía están por derribar algunos de los muros morales que sostuvieron su larga persistencia en la sociedad vasca: el de la equidistancia, el del asentimiento, el de la complicidad, el de la indiferencia. Falta por redactar el pliego de una rendición sin empates, con su adenda de reparaciones pendientes, su memorial de agravios y aflicciones, su rendición de cuentas y sobre todo sus renglones de vencedores y vencidos. Mientras esa diferencia esencial no esté clara para todos y para siempre; mientras exista siquiera una vaga sospecha de que el proyecto terrorista ha sobrevivido en parte a través de la política; mientras flote una duda por pequeña sea que justifique los crímenes a través de un pragmatismo de poder o de un atisbo de comprensiones retroactivas; mientras haya herederos, secuaces, beneficiarios o testaferros instalados en las instituciones; mientras la narrativa oficial trate de reescribir la torticera patraña de un conflicto de agresiones mutuas; mientras reste una pena por cumplir, una víctima por resarcir o un asesinato por aclarar, no habrá concluido la verdadera justicia.

E incluso entonces, si ese momento llega, si la memoria del sufrimiento logra el aplastante consenso civil que consolide la historia del terrorismo vasco como un holocausto de la democracia, seguirá viva por mucho tiempo la amargura de las vidas sacrificadas, del miedo socializado, de la rabia acumulada y del dolor experimentado. Vidas que nadie nos va a devolver, dolor que nadie nos va a aliviar. En la medida en que las víctimas murieron en nuestro nombre, porque fueron atacadas como representación de todos nosotros, ya siempre seremos todos los españoles supervivientes del terror y esa condición resistente debe iluminar nuestra conciencia para no firmar un armisticio con nosotros mismos. Para no ceder al desistimiento de la memoria. Para evitar la prescripción moral de un mal que no admite ni perdón ni olvido.

 

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