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Fundación Villacisneros

20 abril 2015

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«No, no somos héroes. No salimos a la calle para desfacer entuertos y hacer justicia, ni es ese el papel de los ciudadanos, pero creo que aceptamos demasiados excesos, que somos tolerantes con acciones que merecen reprobación inmediata, y que el silencio es cómplice. Ese silencio que pone a las sociedades de rodillas y hace que los tiranos parezcan más altos.

«No, no somos héroes. No salimos a la calle para desfacer entuertos y hacer justicia, ni es ese el papel de los ciudadanos, pero creo que aceptamos demasiados excesos, que somos tolerantes con acciones que merecen reprobación inmediata, y que el silencio es cómplice. Ese silencio que pone a las sociedades de rodillas y hace que los tiranos parezcan más altos.

Se trataba de un joven normal, acompañado de otros jóvenes también normales. El protagonista saluda a quienes le están grabando en vídeo, emprende una carrerilla para tomar impulso y le propina una tremenda patada a una joven que está, de espaldas, esperando que el semáforo se ponga verde para cruzar. La chica cae al suelo a consecuencia del anormal patadón, y los anormales huyen y, luego, cuelgan en internet el vídeo de su hazaña. Salió en todos los periódicos, pero no es un hecho insólito. Todos los días, repito, todos los días, niñas y niños, mientras maltratan a uno de sus compañeros, se ensañan con él o con ella, le dan patadas cuando está caído en el suelo, graban su denigrante proeza, que es contemplada por miles de usuarios, a algunos de los cuales les incita a superar la monstruosidad.

NIETO

Contaba Luis Rojas-Marcos –durante muchos años responsable de los servicios de salud mental, alcoholismo y drogodependencia en el Ayuntamiento de Nueva York– que, al principio, uno de los aspectos que más le llamaban la atención era el asombro del adolescente del Bronx, que le había clavado una navaja a otro, durante una pelea, porque el contrincante hubiera muerto. Hoy, el Bronx ya no es el Bronx de la época de la que hablaba, pero en esos años el ambiente era bastante parecido al que musicalizó Bernstein en «West side story». Y el psiquiatra llegaba a la conclusión de que aquellas pandillas, de pocas lecturas y mucha televisión, confundían la violencia de películas y programas con la realidad. Y no acababan de explicarse que, como sucedía en los dibujos animados, la víctima no reapareciera después de haberse caído al abismo o no recompusiera su cuerpo tras ser planchado por una apisonadora, tal como siempre ha sucedido con Bugs Bunny, el Pato Donald o Mickey Mouse.

Los avances de la tecnología han dado paso a unos productos mucho más potentes que el cine y la televisión, una realidad virtual que nos rodea de una manera tan continua que tiende a fundirse con la realidad, incluso puede llegar a superarla, y hay ya una generación que ha nacido con ella, pero la aceptación de la monstruosidad como algo cotidiano o, al menos, convencional no es una consecuencia de los avances tecnológicos, sino que es un fenómeno que ha ocurrido en todas las sociedades. Todavía recuerdo aquella partida de cartas, a la que no pudo asistir uno de los habituales por la poderosa razón de que había sido asesinado, y la partida se celebró, porque ETA no iba a desorganizarles la costumbre. Era esa época aborrecible en la historia del País Vasco, donde la cobardía se consideraba un acto de elogiosa prudencia. Es decir, que no hace falta aludir a la irresistible ascensión del nazismo para tropezarnos con la aceptación colectiva de la crueldad, como si fuera algo tan cotidiano como deslizar una moneda de limosna al menesteroso.

Fue una judía, a la que dejaron de hablarle los judíos estadounidenses, la que de manera más lúcida explicó esta putrefacción de los valores, a través de sus artículos y de un par de ensayos memorables, como «Los orígenes del totalitarismo» o «La condición humana». Pero fue al asistir al juicio de Adolf Eichman, en Jerusalén, cuando percibió, de una manera más nítida, esa asunción de lo monstruoso como una circunstancia convencional, y que destiló en sus artículo en el New Yorker, en los que acuñó esa expresión: «La banalización del mal», es decir, que estos criminales actuaban con idéntico celo que emplearían para dirigir una granja de pollos o el traslado de un cargamento de carne desde Argentina a Europa, porque asesinar era un trabajo mecánico y lo importante era ser eficaces. Eso, y no tener empacho en referirse a que los consejos judíos alemanes habían colaborado con el nazismo en la elaboración de listas de evacuación, le procuraron la inquina de los maniqueos, que no faltan en ningún sector, judíos incluidos.

Pero, repito, el deterioro no es exclusivo del nazismo. La escalada de indignidad en que se fue sumiendo la sociedad vasca en los años de sangre y plomo alcanzó sus cumbres más altas cuando en amplios sectores se consideró simplemente de mal gusto referirse a la carcoma totalitaria que estaba royendo a un pueblo admirable en tantos aspectos. Y en el otro nacionalismo, el catalán, hemos asistido al aumento paulatino de una extorsión moral en la que declararse no nacionalista era considerado una traición, porque las élites –lo explica Arendt de manera prístina en «Los orígenes del totalitarismo»– durante un par de años estuvieron aliadas con los consumidores de demagogia, esas mayorías que nunca formarán parte de los capitanes, pero que pueden nutrir la tropa.

La sociedad española ha logrado impedir la banalización del maltrato a las mujeres y su discriminación. Tanto se ha insistido en lo correcto, que incluso se ha llegado, en algunos momentos, a la frontera de la suspicacia. Pero esa suspicacia me gustaría a mí que se aplicara a los vergonzosos y numerosos casos de maltrato escolar y de persecución laboral, a los que escarnecen en las redes y a quienes, desde su insistencia y mensajes, consideran que el insulto y la injuria pueden ser moneda común. Cae un avión en los Alpes franceses y un energúmeno se apresura a escribir: «Tranquilos: eran catalanes». Si admitimos eso, si no nos produce escándalo, si, mes tras mes, una pobre chica se suicida porque sus compañeras de clase consideran que la vejación es una actividad normal, y no nos rebelamos, ni nos asombramos ni nos conmovemos, llegará un momento en que seguiremos jugando a las cartas, aunque hayan asesinado a un amigo, o contemplaremos cómo a nuestro lado cae una mujer al suelo merced al patadón propinado por un jaque, con objeto de que los amigos se diviertan con lo deleznable. ¿Y cuál será el próximo paso? ¿Diremos «algo habrá hecho» sobre el cuerpo tendido de la mujer?

No, no somos héroes. No salimos a la calle para desfacer entuertos y hacer justicia, ni es ese el papel de los ciudadanos, pero creo que aceptamos demasiados excesos, que somos tolerantes con acciones que merecen reprobación inmediata, y que el silencio es cómplice. Ese silencio que pone a las sociedades de rodillas y hace que los tiranos parezcan más altos; ese terrible mutismo que los sátrapas suponen aceptación, y que es el inicio de una decadencia que siempre lleva a un cuarto sin libertad y sin tolerancia. Por eso mismo, tenemos el deber ineludible de ser intolerantes y combativos, ante los terribles síntomas de la banalización del mal, y de decirlo en voz alta, antes de que pueda llegar la etapa del oscuro silencio.

 

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