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Bertolt Brecht, poeta alemán y comunista, dejó una frase que se repite con mucha frecuencia: “Desdichado el país que necesita héroes”. Cuando se lee por primera vez, esta frase suele suscitar la aquiescencia del lector porque da a entender que un país en el que no son necesarios los héroes es un país en el que nadie tiene que llegar al sacrificio heroico, que es, precisamente, lo que define a los héroes.

Bertolt Brecht, poeta alemán y comunista, dejó una frase que se repite con mucha frecuencia: “Desdichado el país que necesita héroes”. Cuando se lee por primera vez, esta frase suele suscitar la aquiescencia del lector porque da a entender que un país en el que no son necesarios los héroes es un país en el que nadie tiene que llegar al sacrificio heroico, que es, precisamente, lo que define a los héroes. Si no hay que hacer sacrificios heroicos, eso quiere decir que en ese país todo está bien y que ese país idílico no tiene que afrontar problemas graves.

La frase, sin embargo, encierra una gran trampa que es la de creer que se puede llegar a ese estado de felicidad en el que los sacrificios son innecesarios. La frase encierra el deseo de alcanzar una utopía, y demasiado bien sabemos que el deseo de alcanzar utopías está siempre en el origen de los regímenes más totalitarios.

Porque la experiencia y la Historia nos enseñan que nunca se ha llegado a eso, ni de lejos, y que los problemas graves pueden aparecer -y aparecen- constantemente en la vida cotidiana de los países, como aparecen en la vida de las personas.

Entonces, lo que se convierte en una verdad mucho más evidente es que desdichado es aquel país que no encuentra héroes cuando los necesita. Y la experiencia y la Historia, que nos muestran que nunca se ha llegado, ni de lejos, a la utopía, nos enseñan que nuestros países están mucho más necesitados de héroes de lo que nos creemos.

La larga paz en la que hemos vivido los países de la Europa Occidental desde el final de la II Guerra Mundial y la extensión del Estado del bienestar en estos países -entre los que se encuentra España- han hecho que entre nosotros se hable muy poco de héroes, de hechos heroicos y de heroísmo. Incluso se ha pasado de moda proponer a los escolares los ejemplos de esos hechos heroicos, que, por cierto, no tienen que ser únicamente actos de guerra.

Sobre esto reflexionaba yo la semana pasada cuando preparaba la ‘laudatio’ de la recientemente fallecida Ana María Vidal-Abarca por haberle sido concedido el Premio de la Fundación Villacisneros (una fundación creada para, entre otros fines, apoyar a las víctimas del terrorismo). Vidal-Abarca, a raíz del asesinato de su marido, el comandante de los Miñones de Álava Jesús Velasco, en 1980, fue la fundadora de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, y dedicó el resto de su vida a apoyar a los miles de víctimas que el terrorismo ha dejado en España. Para eso tuvo que luchar, sobre todo, con la indiferencia de muchos, y con el desdén de bastantes.

Después de estudiar su trayectoria, su comportamiento, sus actuaciones, sus palabras y su ejemplo, la primera palabra que me venía a la boca era la de ‘heroína’. Al tener dudas acerca de si esa palabra era la adecuada para definir a Ana María Vidal-Abarca, recurrí a los diccionarios y allí comprobé que yo no estaba equivocada. Héroe es una persona que lleva a cabo una hazaña para la que se requiere mucho valor y que, por ello, se hace digna de nuestra admiración.

Ana María Vidal-Abarca, que nunca hubiera querido salir del anonimato de la vida de familia en su Vitoria natal, se vio en la tesitura de tener que plantar cara al terrorismo y no rehuyó el reto, sino todo lo contrario. Y desde el momento mismo del entierro de su marido, cuando ante el féretro dijo sencillamente “¡Viva España!”, ha sido una luchadora incansable en favor de las víctimas del terrorismo y en contra de la indiferencia y de los desdenes de muchos, de demasiados. A ella le hubiera gustado no ser nunca una heroína, pero supo serlo cuando fue necesario y entonces demostró un valor y un temple excepcionales.

No nos engañemos (como en el fondo quería Brecht), siempre van a ser necesarios los héroes y las heroínas. Y más en los tiempos convulsos que vivimos, y ahí están los atentados de París para demostrarlo. Por eso es tan trascendental que reconozcamos ejemplos como el de Ana María Vidal-Abarca. Y que sepamos, como nos dice Paul Johnson, el admirable periodista y escritor inglés, que la característica más definitoria del héroe es la valentía a la hora de defender aquello en lo que se cree. Porque, nos dice, “toda la Historia nos enseña que no hay sustituto para el valor”.

Vamos a necesitar a muchos hombres y mujeres valientes. Como siempre en la Historia.

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