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El pasado 28 de enero la Fundación Villacisneros celebró el primer encuentro de nuestra segunda edición de los “foros sobre el nacionalismo”. En esta ocasión recordamos el 26 aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, la evolución política producida en la sociedad desde entonces y los réditos políticos obtenidos por el brazo político de ETA después de haber sido relegalizado por el Tribunal Constitucional en mayo de 2011.

 

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El presidente de la Fundación Íñigo Gómez-Pineda presentó a los ponentes –Ana Iríbar y Rogelio Alonso- y recordó la exposición celebrada en Madrid para recordar su trayectoria. En su opinión:

Gregorio decidió “desafiar al nacionalismo y vivir sin pedir permiso, aunque al final su valentía le acabara costando la vida”.

Recordó también el libro de Rogelio Alonso “la derrota del vencedor” y la perversidad de aceptar que, porque ETA no mate pueda mandar, pese a ser un proyecto, el que defienden sus herederos políticos, construido sobre la base de la aniquilación física del adversario político.

Para Ana Iríbar, lo que impulsó la actividad política de Gregorio fue su “hartazgo por el silencio mostrado por la sociedad vasca. Quiso romper el miedo existente provocado por el terror aún a sabiendas de las consecuencias que arrostraba al asumir esa posición”. Respondiendo a la pregunta formulada por Íñigo Gómez-Pineda sobre los réditos obtenidos, facilitó unos datos que resultan muy clarificadores al respecto, en la actualidad Bildu, los herederos de ETA, tienen 100.000 votos más que en el año que Gregorio fue asesinado y frente a los 7 concejales obtenidos en San Sebastián en aquel año por el PP hoy esta formación política solo dispone de 3. Igualmente recordó

los más de 150.000 vascos que desde los años 80 hasta a actualidad se vieron obligados a abandonar el País Vasco como consecuencia de la presión terrorista. Tampoco olvidó el roto social provocado por el silencio y la inacción del Partido Nacionalista Vasco.

Por su parte Rogelio Alonso recordó el “pánico moral” que el asesinato de Ordóñez provocó entre los vascos, pánico que, todavía hoy, alimenta más un recuerdo emocional que una demanda de justicia. Lamentó que la presencia institucional de los testaferros de ETA en las instituciones, en claro fraude de ley, se produzca sin que los “buenos” cuestionen esta situación por su “ceguera moral”, posición que les obliga a ensalzar la derrota de ETA a pesar de que ésta sea discutible. Reconoció que efectivamente la ETA asesina fue sentenciada por la labor de las FCSE y la ilegalización de su brazo político, pero hoy es legitimada y admitida como una fuerza política convencional por el resto de partidos. Lo mismo ocurre con el nacionalismo hegemónico al que no le pasa factura alguna sus años de complicidad con los objetivos de la banda.

Ana Iríbar insistió en que la moralidad ha brillado por su ausencia durante todo este tiempo dado que los “buenos” optaron por la comodidad del silencio cuando ETA mataba y ahora, en consecuencia, prefieren pasar página para no reconocer su cobardía.

Para terminar ambos ponentes coincidieron, en relación con el “relato” y las unidades didácticas del Gobierno Vasco, en criticar el modo en que se ha silenciado hasta hacerlos desaparecer movimientos sociales como “Basta Ya” y el “Foro de Ermua”. El nacionalismo admitía la condena prepolítica de grupos como “Gesto por la Paz” pero no la denuncia del significado político de los asesinatos y la exigencia de responsabilidades a la ideología que los alentaba.

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