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Fundación Villacisneros

25 mayo 2014

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El académico Cillian McGrattan describe la instrumentalización del pasado en la que descansa el denominado ‘proceso de paz’ norirlandés como un «consenso aplacador». Este consenso impone una «ética inquietante» que reprime las legítimas reclamaciones de justicia de las víctimas del terrorismo. Ampara la mentira como mal menor y necesario de forma que un hipotético bien superior –la ‘paz’– exige muchos ‘males menores’.

· El Plan de Paz del Gobierno vasco ambiciona un ‘consenso aplacador’ como el de Irlanda del Norte que avale un relato exculpatorio del terrorismo etarra

El académico Cillian McGrattan describe la instrumentalización del pasado en la que descansa el denominado ‘proceso de paz’ norirlandés como un «consenso aplacador». Este consenso impone una «ética inquietante» que reprime las legítimas reclamaciones de justicia de las víctimas del terrorismo. Ampara la mentira como mal menor y necesario de forma que un hipotético bien superior –la ‘paz’– exige muchos ‘males menores’. Se obliga a las víctimas a aceptar la injusta inmunidad del criminal. La verdad y la justicia no deben alterar una ‘paz’ marcada por sus graves déficits, como si Irlanda del Norte fuera una democracia en transición que moldea la legalidad para apaciguar al terrorista en perjuicio de sus víctimas. De ese modo, y parafraseando a Sandrine Lefranc, la ‘paz’ sirve para «embellecer una política de impunidad». Lo evidencian las críticas a la detención de Gerry Adams en relación con el asesinato de Jean McConville en 1972, cuando el presidente de Sinn Féin dirigía la ‘Brigada del IRA’ en Belfast.

La petición de responsabilidades políticas y penales por los crímenes cometidos perturba un frágil y desigual compromiso político en el que terroristas son integrados en la sociedad mientras se intenta ocultar el pernicioso efecto de esa imposición sobre las víctimas de su violencia. Tan injusta contradicción impide el verdadero avance de una sociedad que precisa la reparación del daño tanto a nivel individual como colectivo, no meros subterfugios a modo de paliativos.

En lugar de la justicia requerida por las víctimas directas y por la sociedad se promete inmunidad para los criminales y una manipulada verdad que permita borrar o cancelar el pasado de quienes han cometido brutales atrocidades. Adams insiste en negar su pertenencia al grupo terrorista que ha liderado durante décadas revelando las auténticas pretensiones de quienes anhelan canjear la justicia por una verdad convenientemente falseada. De ahí que las víctimas de la violencia dirigida por Adams estén obligadas a renunciar tanto a la justicia como a la verdad. Como escribió en 2007 el escritor norirlandés Glenn Patterson al denunciar la insolencia con la que los representantes políticos del IRA negaban su implicación en la violencia mientras exaltaban su pasado como «defensores de la comunidad», «lo inquietante es que en esta nueva Irlanda del Norte se nos pide que creamos no en lo que vemos, sino en lo que se nos dice que deberíamos ver».

La connivencia del Gobierno británico con ese ‘consenso aplacador’ ha contribuido a cerrar en falso el terrorismo norirlandés. No solo continúa la violencia de los disidentes del IRA, sino que también permanece la peligrosa justificación y glorificación del terrorismo perpetrado en el pasado. Se ha introducido en el sistema político a los causantes de tantas víctimas eximiéndoles de sus graves responsabilidades políticas y penales al tiempo que se elogia injustamente su supuesta contribución a la ‘paz’. Sin embargo, nada hacen por reparar el daño causado y la salvaje vulneración de los derechos humanos de la que son responsables. El abandono estratégico de la violencia a cambio de concesiones no ha ido acompañado de su imprescindible deslegitimación, sino de su peligrosa reivindicación. El Estado ha renunciado a exigir esa decisiva deslegitimación, disfrazando su cobardía política y moral como un falso pragmatismo: se prioriza el silencio parcial de las armas subestimándose los negativos efectos de hacerlo a tan alto coste.

El terrorista, convertido en protagonista de la ‘paz’, coacciona a la víctima que cuestiona ese ‘consenso aplacador’ al que bastantes periodistas se suman. Semanas atrás numerosos medios interpretaron la presencia de Martin McGuinness en la recepción ofrecida por la reina de Inglaterra como otro éxito del ‘proceso de paz’. John Humphrys, célebre periodista de la BBC, entrevistó a otro prestigioso colega, Peter Taylor, al ex miembro del IRA Connor Murphy, hoy convertido en diputado de Sinn Féin, y a Steven Gould, hijo de Samuel, asesinado por el IRA en 1987. La víctima quedaba en inferioridad ante las voces que consensuaron que aquel era un momento histórico que no debía ser entorpecido por quien se negaba a avanzar relegando al pasado, o sea, olvidando, el asesinato de su padre.

La víctima cuestionaba la incoherencia de una paz que premia a quienes rechazan deslegitimar el terrorismo pero castiga a quienes reclaman el cumplimiento de los más básicos principios democráticos, morales y éticos. Uno de los periodistas interrumpió repetidamente a la víctima cuando ésta preguntó al político por qué seguía sin condenar el terrorismo. El otro periodista también respaldó la negativa de McGuinness a cumplir con un requisito elemental en cualquier democracia: la asunción de culpabilidad y responsabilidad por la utilización de la violencia ilegítima y la violación sistemática de los derechos humanos, además de la colaboración con la justicia para esclarecer el atentado en el que fue asesinado el padre de la víctima.

El ‘consenso aplacador’ que tanto daña a Irlanda del Norte seduce a quienes desean evitar la deslegitimación del terrorismo nacionalista de ETA. El llamado Plan de Paz del Gobierno vasco también ambiciona un ‘consenso aplacador’ que avale un relato indulgente y exculpatorio del terrorismo etarra mediante su distorsionadora equiparación con diferentes violencias. Por ello ensalza como ejemplo el ‘consenso aplacador’ o ‘microacuerdo’ que en 2013 facilitó la participación de Bildu en el aniversario del asesinato de Fernando Buesa y Jorge Díez. Gracias a él los radicales que todavía justifican esos asesinatos fueron aplaudidos por asistir al homenaje de una víctima de ETA. Los propios demócratas les ofrecieron la coartada para escenificar un imposible homenaje a los asesinados sin reconocer la ilegitimidad del terrorismo que los asesinó. Excelente fórmula para desfigurar el pasado cancelando la rendición de cuentas imprescindible para derrotar políticamente al terrorismo.

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