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Habrá que ver si estamos ante el chupinazo de inauguración o ante la traca final de esos fuegos artificiales para los que el independentismo catalán lleva ya tiempo almacenando material inflamable.

Habrá que ver si estamos ante el chupinazo de inauguración o ante la traca final de esos fuegos artificiales para los que el independentismo catalán lleva ya tiempo almacenando material inflamable. No existe proceso de toma de conciencia nacional que no se base en el conocimiento y aprecio de una tradición. No hay espacio de agitación nacionalista que no construya en el escenario de un sacrificio ritual de la historia. En la liturgia del nacionalismo, el pasado no consta  como referencia intelectual. Sólo se invoca en una eucaristía laica en la que la comunidad de creyentes puede alimentarse con el cuerpo y la sangre de la sagrada forma de la patria. Cuestión de fe, ciertamente, pero que  siempre tratará de presentarse como evidencia que sólo pueden negar aquellos desdichados que no acepten la verdad en el fondo de su corazón. Educación sentimental, pero que trata de atemperar sus recursos emocionales con las presuntas razones políticas de la democracia y con el farsante  rigor académico de una reflexión sobre nuestro pasado.

Porque nuestro es, sin duda, ese pasado, cuando el simposio montado por organismos de la Generalitat se refiere a España y a Cataluña. Nos hemos acostumbrado ya – hasta el punto de que algunos tertulianos tropiezan en esa sutil trampa del lenguaje –  a hablar de ambas como entidades distintas. Las batallas importantes siempre empiezan por perderse en el nada inocente ámbito de las palabras. Por eso se ha  podido dar un paso al frente, hacia el abismo. Ya no se habla de España y de Cataluña. La nada inocua copulativa ha  sido desplazada por  la sombría preposición: España contra Cataluña. Naturalmente, el orden de los factores sí  altera el producto. Es España la que está contra Cataluña y ésta no hace más que defenderse del modo que siempre han gustado los nacionalistas: huyendo.

Quizás hayamos llegado ya al país del Nunca Jamás, a la región en que Todo Vale o a esa realidad invertida que tentó a Alicia desde el lado imaginario del espejo. Sólo por haber respirado durante algunos años la atmósfera estupefaciente de la inmersión nacionalista, puede entenderse que un puñado de profesores universitarios de una sociedad madura haya caído en semejante mezcla de delirio identitario y de jactanciosas pretensiones de rigor intelectual. La elocuencia de los títulos de las comunicaciones del simposio es de tal calibre que ya ha despertado de su resignación a ciudadanos dispuestos a aguantarlo todo, menos el poder contagioso de la estupidez y la alarmante pérdida del sentido del ridículo.

El simposio se realiza para explicar la realidad de Cataluña en los últimos trescientos años a través de la represión ejercida por España ya no contra las aspiraciones de los grupos nacionalistas, sino contra todos los catalanes que han ido sucediéndose en generaciones humilladas desde 1714. Eso significa que los españoles sólo podemos comprender a fondo nuestra historia aceptando esa misma tradición. En el mundo onírico que fabrica el independentismo, Cataluña es sólo un sueño que ha tenido España, pero España es una agotadora pesadilla que ha atormentado un largo viaje a través de la noche, urdido por la ficción nacionalista a expensas de la historia. 

Quienes se traguen ese brebaje de hechiceros crepusculares habrán de lamentar, sin duda alguna, la frustración de un territorio en el que, de no haber sido por esa lamentable aberración llamada España, podía haberse producido un enérgico proceso industrializador, podía haberse levantado una Barcelona que fuera referencia para los europeos, podía haberse mantenido el uso habitual de una lengua viva, podía haberse asistido a la prodigiosa plasticidad de la poesía de Foix , a la perfecta fábrica de la prosa de Pla, al desafío al aire de la arquitectura modernista, a la perpleja exactitud de los cuadros de Dalí, a la minuciosa dulzura de la música de Casals, a la reflexiva elegancia de los ensayos de D’Ors. Podía haber ofrecido a la mirada sorprendida de la historia la corpulenta dignidad del sindicalismo de Peiró, el sensato patriotismo de quienes lucharon cuando hizo falta por la libertad de todos los españoles, la fuerza tranquila de quienes construyeron en Cataluña las  bases indispensables de una nación constitucional. Pero nada de esto ha sido posible en un país sometido al desguace de sus recursos materiales, al desmantelamiento de su cultura y a la quiebra de sus derechos políticos por la avidez insaciable de un enemigo despiadado. Porque esa es la triste realidad que el simposio describe, esa es la verdadera sustancia de nuestra historia común. Lo demás, al parecer, todo aquello que creíamos saber de un pueblo, de un territorio, de una cultura, de una historia que tanto hemos admirado solo es un espejismo creado por nuestra sed, solo es un fantasma inventado por nuestro deseo. Sólo es un sueño que ha tenido España.

 “La represión institucional, política y administrativa”

 De este modo se consideran, según el diseño del simposio, las relaciones entre España y Cataluña desde la derrota del pretendiente Carlos de Austria en la guerra de Sucesión a la corona española. Las clases dirigentes catalanas  sufrieron el revés de que su candidato al trono fuera derrotado en un conflicto europeo. En la mitología nacionalista, el 1714 se presenta como la conquista e invasión de Cataluña por una  potencia extranjera: España. Y la pérdida de privilegios de los oligarcas se revisa, anacrónicamente, como la pérdida de derechos propios de una sociedad avanzada. 

  “Entre la autonomía y la reacción uniformadora”

 El siglo XX –y lo que llevamos de XXI, en la minuciosa perspectiva del nacionalismo- se reduce a un tedioso combate entre el esfuerzo del pueblo catalán por obtener su autonomía política y la terca resistencia del Estado español a concederla. Cabe pensar que por orden gubernativa, el simposio silenciará que la construcción de la España constitucional tuvo una de sus puntas de lanza más afilada en la masiva adhesión de los catalanes a una Constitución aún vigente, sobre la que se levantaron las instituciones representativas del conjunto de la nación.

 La represión cultural y lingüística

  “Contra el alma de un pueblo”. De un modo tan melodramático y con una imaginación tan voraz, se expresan las condiciones de la vida cultural de Cataluña durante tres siglos. Tanto la lengua como la enseñanza de la historia, el mundo educativo o los medios de comunicación estatales manifiestan el doloroso estigma de la “españolización” –la palabra adquiere ya el tono siniestro de un asesinato en serie-  a diferencia de la radiante pluralidad, voluntad integradora y atención a la diversidad que muestra la Radio y la Televisión públicas en la Cataluña actual.

  La represión de los “Països Catalans”

 ¿Qué pintan las conferencias dedicadas a Valencia o a Baleares en un simposio sobre España contra Cataluña? La catalanidad esencial de esos territorios ha sido atropellada por una tradición política centralista que, posiblemente, encarna un Partido Popular al que votan la mayoría de los ciudadanos de ambas regiones. Su manifiesta voluntad política, su ejercicio de la soberanía, su clara decisión de considerarse españoles, reiterada de forma abrumadora en las elecciones autonómicas, municipales y generales,  es una desdichada consecuencia de un secuestro. Una falsificación que ha acabado por asumirse por ciudadanos penosamente mal informados.

  “La represión económica y social”

 La industrialización de Cataluña, la formación del mercado nacional, el control del mercado colonial y el protagonismo de la burguesía catalana en toda España deberá hacerse encajar en la propuesta que hace el simposio para comprender los años vividos en el siglo XXI: nada menos que “ la apoteosis del expolio”. Si las armas las carga el diablo, la incontinencia verbal debe de alimentarla el nacionalismo. Apoteosis del expolio. Para definir así las relaciones financieras entre Cataluña y el resto de España urge apelar antes, claro está, a  la apoteosis de la imaginación secesionista.

“La humillación como desencadenante de la eclosión independentista”

 Como título de la conferencia de cierre del simposio, hay que prestar atención a lo que expresa y, desde luego, a lo que falsifica. Sabemos que la reivindicación independentista es un recién llegado a la política catalana, como instrumento oportunista de una administración en quiebra. Sin embargo, por encima de cualquier consideración acerca de la labor propagandística de los medios de comunicación, de la función nacionalizadora del sistema educativo y de la avidez de intelectuales al servicio de una causa patriótica, estamos ante el gesto, tan espontáneo como conmovedor, de un pueblo humillado que quiere liberarse de unas cadenas llamadas España.

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