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Muchos son los argumentos que me llevan a rechazar radicalmente la despenalización de la eutanasia. El primero de ellos, y que los partidarios enarbolan como argumento no demostrado, es el de la pendiente deslizante.

Acabamos de conocer que Bélgica despenaliza la eutanasia en niños. El supuesto que se contempla es el de un menor, “suficientemente maduro” a juicio de sus médicos, y que en el entorno de un sufrimiento causado por una enfermedad incurable no desea seguir viviendo.

Muchos son los argumentos que me llevan a rechazar radicalmente la despenalización de la eutanasia. El primero de ellos, y que los partidarios enarbolan como argumento no demostrado, es el de la pendiente deslizante. El hecho de que, una vez despenalizada la eutanasia, los supuestos por los que se aplican son cada vez más flexibles y amplios, lo demuestra el que, tras unos años en Bélgica aplicándose la eutanasia para adultos, ahora se amplía a niños. La cifra de eutanasias en Bélgica en 2012 fue de 1.432, un 25% más que el año anterior. De ellos, más de 50 por sufrimiento psíquico y no en pacientes en fase terminal; otro dato: en 2003, el primer año de aplicación de la ley, fueron 235 las registradas.

Otro argumento esgrimido por los defensores de la eutanasia es que es la expresión máxima de la autonomía; cada paciente escoge dónde, cómo y cuándo terminar con su vida. ¿Y los niños también? No acabo de comprender cómo es posible juzgar la supuesta madurez de un niño para decidir sobre su vida, y más si está en un entorno de sufrimiento. Pero el hecho de que se despenalice en niños no podría ser posible si antes no se hubiera despenalizado en adultos. Es, por tanto, una consecuencia devastadora de permitir que un médico acabe con la vida de un paciente.

Lo civilizado es ayudar, cuidar y atender al que sufre, no terminar con él. Para ello se necesitan profesionales que se formen en las facultades de Ciencias de la Salud, que esos mismos profesionales sean acreditados por el Estado, a través de la especialidad o la subespecialidad, de tal manera que se garantice que los que vayan a prestar dichos cuidados sean los mejores profesionales. Y por último, que la prestación sea universal y sea un derecho de todos los beneficiarios del sistema público de salud.

Recientemente se ha publicado un informe de la OMS sobre los cuidados paliativos, y en él se dice que menos de un 10% de la población mundial tiene acceso a ellos, a pesar de ser un derecho reconocido desde hace mucho tiempo. Y lo que es peor, España figura en el segundo grupo de países con mejor prestación, por debajo de estados como Uganda y Rumanía. Me parece lamentable que un país que presume de ser el número uno en trasplantes, esté en la segunda división en una prestación tan importante como la de los cuidados paliativos. Y todavía peor, en el caso de los paliativos pediátricos, en el ¡tercer grupo! Actualmente la cobertura está en torno al 50 %, y en algunas comunidades apenas disponen de recursos. En cuanto a los niños, apenas existen unas pocas unidades que no llegan a cubrir ni el 20% de las necesidades.

Si no garantizamos un acceso equitativo a los cuidados paliativos, existirá sufrimiento de los pacientes y sus familias; sufrimiento evitable con una clara apuesta e inversión por parte de las políticas sanitarias. Mientras no sea así, no debemos de escandalizarnos si siguen apareciendo reivindicaciones a favor de la eutanasia. Primero promulguemos una Ley Nacional de Cuidados Paliativos, y después debatiremos si eutanasia sí o no.

 

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